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La izquierda británica cruza el Rubicón

La izquierda parece haber cruzado el Rubicón. Al menos, una izquierda tan prestigiosa como la laborista británica. Su líder, Jeremy Corbyn, azuzado ante los malos resultados electorales y zarandeado por el Brexit, acaba de poner en duda uno de los principios más sagrados del pensamiento político que fue formulado en el siglo XIX por Carlos Marx: su internacionalismo.

Corbyn, dirigente de un laborismo que no levanta cabeza en las encuestas electorales y que ha salido derrotado en los comicios parciales celebrados últimamente, ha dado un paso que contradice las esencias socialistas, al sostener que el laborismo no debe oponerse por principio a limitar la libre circulación de trabajadores; es decir, expresado con más sencillas palabras, acepta que se ponga coto a los emigrantes.

El laborismo asume así planteamientos nacionalistas que inciden en preservar para los británicos las bondades del desarrollo económico, negándoselos a los extranjeros que llaman a las puertas del primer mundo aspirando a un futuro no ya mejor, sino al menos digno. Corbyn se apunta de esta manera a la ola xenófoba que en el Reino Unido llevó a la victoria de los que querían abandonar la Unión Europea y blindar la isla frente a los migrantes europeos.

La izquierda británica cae así en el populismo, dejándose llevar por la tendencia creciente en toda Europa de volver a levantar las fronteras y restaurar el proteccionismo económico. Un escenario ya conocido y de funestos recuerdos.

Tampoco es desconocida tal atracción. Hay abundantes ejemplos históricos y del presente, también vividos -y sufridos- en nuestro país. Pero llama la atención el motivo de tal giro nacionalista por parte socialista. Reside en legitimar la decisión popular que ha dado la espalda al internacionalismo y se ha entregado al racismo, en vez de combatir con argumentos racionales tal deriva. Subyace en ello la opinión cada vez más extendida en la Contemporaneidad de que el pueblo no se puede equivocar, de hondas raigambres calvinistas. Y que por tanto, hay que dejarse llevar, en vez de contrarrestar tales posicionamientos.

La izquierda británica ha vendido, pues, la primogenitura por un mísero plato de lentejas: la popularidad. No quiero pensar que dirán los miles de migrantes muertos de frío en los míseros campamentos que hemos levantado por Europa. Tampoco en las concomitancias que nos muestra la Historia. Por ejemplo, la de un populista, Julio César, que cruzó el Rubicón para transformar una República en un Imperio.

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